miércoles, 14 de junio de 2017

Reisetagebuch: Bélgica


Recuerdo que cuando era niña mi papá me dio un folleto sobre Bélgica del que se me quedaron grabadas tres cosas: Marsupilami, el Manneken Pis y el nombre de Brujas, una ciudad medieval pequeña con canales llenos de cisnes.

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Bélgica fue el segundo país en mi viaje y fue un cambio de ambiente muy agradable, pasé de las calles ajetreadas de París a las calles tranquilas de Bruselas, donde aunque estuve poco tiempo, lo disfruté mucho, ya habrá tiempo de descubrir más a fondo la ciudad en otra ocasión.

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Mi hospedaje se encontraba en Brujas, un “pueblo medieval con WIFI” como lo describió una amiga. La ciudad es pequeñísima, puedes recorrerla a pie en 30 minutos. El punto fuerte del lugar es, sin duda, la arquitectura. Al abrir el mapa para ver qué podía hacer en la ciudad llamó mi atención que el mar no estaba muy lejos. Al principio quería ir a Zeebrugg pero por las imágenes se veía que era un puerto comercial y tal vez no hubiera playa, así que me fui a la ciudad más cercana, Blankenberge.

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El traslado de una ciudad a otra se me hizo baratísimo ¡6 euros el viaje redondo en tren! De una ciudad a otra hice más o menos 40 minutos. Aquí viene la emoción: Llevaba apenas unas horas en Bélgica, lugar en el que nunca había estado, no conocía a nadie y aún así me iba a otra ciudad que tampoco conocía porque quería ver el mar. Fue de los YOLOS más grandes que he hecho y valió mucho la pena.
Me bajé del tren, desorientadísima (claro), caminé a donde vi personas y pregunté por el mar. Así sin más. Una señora me ayudó (no se preocupen por no hablar holandés, francés o alemán, con el inglés se pueden defender muy bien) y para mi buena suerte se encontraba al final de una calle recta con muchos restaurantes y tiendas.

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Al fondo de la calle sólo se veía un amplio cielo casi blanco. Llegando al final me encontré con esta vista.

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El mar estaba completamente cubierto de niebla y no había mucha gente. Qué diferente era el paisaje comparado con una playa mexicana, que aún en invierno son cálidas y están llenas de gente y vida.

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Caminé un rato por la orilla, el mar era frío y agresivo. Algo que me llamó la atención es que en algunas partes había caminos de concreto que iban directamente al agua.

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No quise tentar a mi suerte y regresé a Brugge pronto. De regreso compré babeluttes, dulces típicos de allá. En la cajita venían dibujos veranezcos que no podrían hacer más contraste con el frío mar. Me gustaría regresar algún verano y comparar las dos vistas.

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En Brugge regresé a cenar una hamburguesa y recorrí la ciudad en la noche. Las luces le dan un ambiente como de cuento de hadas. Aún cuando las calles luzcan vacías y obscuras son muy seguras. Nunca está de más tomar precauciones, claro. Los canales de la ciudad están llenos de cisnes y puedes escuchar sus graznidos en la noche. Les dejo la leyenda de por qué viven ahí acá.

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Algo que me gustó mucho de Bélgica fue la tranquilidad y amabilidad de su gente. Las casas en el campo eran grandísimas, al punto de tener ponies en los jardines ¡amé ese detalle! Para los amantes de la vida nocturna les recomiendo mucho la cerveza de cereza <3

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No podía irme de Bélgica sin comprar chocolate y puedo asegurarles que los rumores son ciertos ¡son riquísimos! Espero les haya gustado la entrada ¡nos leemos pronto!

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